Duele ver cómo es ignorado el reclamo del país interior y una vez más queda muy claramente marcada la diferencia de percepciones de los problemas reales que tienen los ciudadanos argentinos, si se ven desde la ciudad madre o si se viven desde tierra adentro.
No soy neutral en este problema que aflije a millones de argentinos.
Nací en el interior y defenderé con todo lo que sea necesario el reclamo digno de la gente de los pueblos, frente a la flagrante estafa moral que está consumando el Gobierno.
Ni uno de quienes votaron a las actuales autoridades esperaban semejante despropósito y destrato para con la gente de campo. Ni tanta soberbia. Ni tanta altanería, y lo que es peor, tanta ignorancia. Creo que ahí está una de las claves del desastroso manejo polìtico que hace del conflicto esta administración y de las imprevisibles consecuencias que traerá para el argentino común.
Una de las resultantes, absolutamente previsible, es el fin del proyecto hegemónico soñado a largo plazo, con polìticas populistas y rancias que son propias de otros momentos históricos y de cerebros peligrosamente setentistas. Una desubicación absoluta y falta de visión estratégica para los tiempos que corren.
Las consecuencias imprevisibles aparecerán desde el costado económico, social y fundamentalmente político.
Esta semana acompañé a la gente de mi pueblo, Benito Juárez, en la protesta de la ruta 3. Están conmovidos, ansiosos, cansados, ilusionados con la llegada de alguna solución, pero también muy convencidos de que la lucha no es por las retenciones, ni por las tasas, ni por la soja, ni por el trigo.
El reclamo, hoy, va mucho más lejos. Se trata de la dignidad del interior. De la dignidad de la gente de campo pacífica, mansa, trabajadora como tantas y fundamentalmente arraigada a la tierra y a la producción.
Gente que aprendió a querer su ciudad, su pueblo, sus caminos, sus tranqueras desde sus ancestros.
El reclamo de hoy tiene una base que no está en el resto de los reclamos. Esa base del reclamo, es el honor a los antepasados, la dignidad de aquellos abuelos que llegaron. muchos con hambre, a un país que los cobijó y les abrió su corazón.
El discurso soberbio y altanero de las autoridades está lleno de ignorancia. Pero también tiene un sabor a resentimiento y eso la gente lo percibe. La Presidenta no sabe cómo resolver un problema que en poco tiempo de diálogo se hubiera resuelto. Pero claro, la necesidad era recaudar millones de dólares para mantener el respaldo populista de masas urbanas que ya se han mal acostumbrado al clientelismo. Qué lástima!, tener un diagnóstico tan equivocado cuando estamos llegando al bicentenario de la Patria.
Hay motivos para alegrarse. Algún gobernador se anima y respalda la protesta. Otros intentan levantar la voz, ante el peligro de verse humillados en público por algún piquetero o funcionario de segunda linea.
La mayoría de la gente grita. Pocos gobernantes ayudan, muchos están saliendo del temor y también se dan cuenta de la realidad.
Es fácil solucionarla. No quieren. No saben. No pueden por propia incapacidad. Lo que más lamento es cómo la mayoría de quienes hoy levantan el dedo acusador están traicionando a sus pueblos, su gente y su tierra. No hay peor pecado que ése.
Porque algún día, volverán y se sentirán extraños en el pueblo que los vió nacer.
jueves, 5 de junio de 2008
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