El periodista Alfredo Leuco, en su columna de Perfil.com sostiene que "caracterizar esta revolución de tierra adentro como una expresión de la oligarquía golpista es –por lo menos– una bruta caricatura que refleja la pereza intelectual de Néstor Kirchner".
Mientras el país interior se desangra con las rutas cortadas, el campo parado, y la actividad económica en pronunciado declive, aquí en la gran Buenos Aires pasan las horas y nadie hace nada.
La pereza intelectual sumada a la incapacidad de gestión dan como resultado lo que hoy vivimos.
Solamente se oye alguna voz altisonante de un ministro o funcionario para intentar convencer a la gente de que el problema del campo "ya pasó", como si en la expresión misma estuviera la solución. No es solamente decirlo, sino hacerlo, y por lo visto no hay nada que anuncie que el problema "ya pasó".
Desde el púlpito miran de reojo lo que pasa con el desabatecimiento que se viene y mientras Córdoba, Santa Fe y Entre Ríos son las provincias que más sufren junto con el campo bonaerense desde el gobierno se percibe un "dejar estar".
Es la apuesta más siniestra que puede imaginarse desde la cabeza de quien fuera presidente. "Dejar estar", que es dejar al campo,a su gente y a sus pueblos como tierra arrasada.
Los paliativos que se anunciaron son migajas de una torta que ya se rompió y que a nadie sirve. No les sirven a los chacareros por insuficientes y tampoco le sirven al gobierno que sigue enredado en su propio laberinto.
La ignorancia acerca del verdadero significado del problema hace que el "problema" sea cada dia más grave. La incapacidad para resolverlo desnuda la fragilidad de una presidenta agobiada por una realidad que pocos imaginamos hace meses.
¿Qué ocurre que nadie sale al cruce para solucionar nada? Se supone que el gobierno tiene las facultades y el poder necesarios para encauzar un problema que está llegando a los cien días.
Los discursos no se entienden. Las medidas unilaterales desde la cúpula son inaplicables. Los anuncios delirantes acerca de la construcción de hospitales y rutas quedaron como un último intento de supervivencia en el respeto público. Las cifras no se conocen. Los gritos se confunden con agravios. Los voceros no hablan, y los que hablan "la embarran". Es la realidad de una administración que en su porfiada actitud y su autismo, está llevando al país al borde de un colapso perfectamente evitable.
Ya nadie discute acerca de las retenciones, ni del yuyo llamado soja, ni de los embarques de trigo. Se está padeciendo una crisis de confiabilidad. Nadie cree en las encuestas, ni en los discursos, ni en las cifras, ni siquiera en las caras.
Y aquí lo más interesante. Se observa que desde la presidenta hay una actitid impostada. Una actuación soberbia en muchas apariciones (falta un poco de glamour, porque eso no se compra). Los ojos, las facciones y los ticts denuncian muchas cosas.
Un discurso vale por las palabras, pero también por los modos, y la actuación. No se ve naturalidad en los movimientos, ni en las frases. Hay una imagen que mostrar por más que la autoridad se desintegre en cada día de conflicto.
Sería más fácil volver a lo natural. Regresar a lo que en esencia cada persona es. Buscar la manera de que millones de ciudadanos entiendan sin caretas, qué hay detrás de cada palabra, cada gesto y cada sonido de la voz.
Ahí radica uno de los grandes de problemas de quienes hoy gobiernan, creer que su palabra es "santa" y que los demás son detractores y golpistas. Si fueran auténticos, verdaderos y naturales serían más convincentes sus palabras y la gente trataría de entenderlos.
Dijo una vez Juan Manuel Fangio que no hay que creerse el mejor, sino tratar de serlo.
(...) Cuesta creer esa perversión de apostar a la tierra arrasada si no se sale con la suya.
jueves, 12 de junio de 2008
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